Jugaban a ser dos perros amaestrados desconociendo, todavía, que la naturaleza era caprichosa y no fue la casualidad - ni siquiera la causalidad- quien les adentró entre las sábanas de su cama. No había silencio ni fugas. En el hilo músical de la cuarta planta del hotel sonaba, acariciando los oídos, una balada de Band of Horses. En el minuto 01:33 los dos cuerpos, casi desnudos, dejaron los límites de la física aparcados en la alfombra roja. Los besos sabían a carmin y horas de espera. Aquellas miradas, entre fúnebres y pálidas, eran los guiones de una película en ocho milímetros. "Tu corazón -dijo al oido- late tan rápido que podría confundirlo con la batería de Ringo Starr". Los colgantes que adornaban el cuello de cada uno luchaban por desenredarse en su pecho. El sudor y el incienso hicieron el resto.

Al despedirse en aquel pasillo sin adornos ni luces con encanto, ella le regaló una sonrisa que recogía las tres lágrimas que se habían acomodado, seis segundos antes, en sus mejillas. Él, taciturno como siempre y con esa falta de humildad que desfiguraba su sombra, dijo un adiós solemne.

Al llegar al ascensor, se miró en el espejo: "Un hombre con suerte ¿dices?. La suerte la reinventé yo mismo, amigo". Se cerraron las puertas y comenzó a llorar. Fue un impulso que duró un segundo. ¡Tus lágrimas! - gritó.

Ella, al cerrar la puerta de la habitación se recostó en el suelo y sin perder la sonrisa susurró: Mi sangre...

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